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Y si somos #foodies bueno, ¿y qué?

por Cultura de Comunicación

Que pereza los prejuicios, las valoraciones infundadas. “Lo que es no tener ni idea” que dirían en Asturias o el “o falar non ten cancela” que tanto nos gusta apuntillar a los gallegos. Resulta que como asistimos en los últimos años al boom de la gastronomía “moderna”, la alta cocina, la innovación en los platos, etc., cualquiera que disfrute más con una emulsión de foie que con unos callos es sospechoso de haber descubierto el mundo gracias a Master Chef. El verano pasado, en una de las paradas de mi particular ruta por los restaurantes del Grupo Nove, escuché decir a un comensal eso de “¡cuánto daño ha hecho Master Chef!”.

Proliferan las tiendas gourmet, se venden más utensilios imposibles de cocina que nunca y abrir una lata cuando hay visita empieza a ser considerado de “sosos”. ¿Y qué pasa cuando alguien que siempre ha tenido en la cocina una de sus aficiones e inquietudes, improvisa con un asado o un aperitivo, o dispone de 8 tipos de aceite en su mesa? Pues que tarde o temprano tendrá que oír aquello de “¡cuánto daño ha hecho Master Chef!”, y para sus adentros, inevitablemente, responderá con alguno de los quejíos que citaba al principio.

Levanto la mano: sí. Disfruto con nuevas elaboraciones, ingredientes desconocidos, recetas de otras culturas, nuevos restaurantes por descubrir, artilugios raros que solo utilizo dos veces, revistas gourmet que a veces solo ojeo, y me sobra mes a fin de sueldo por comprar impulsivamente conservas, aceites, dulces y mil productos más que no solo tienen un packaging increíble si no que están ricos, ricos, de verdad. Por no hablar de vajilla, mantelería, y cacharrada varia que hace todavía más chula la experiencia gastronómica en casa. Y si esto es lo que hoy llamamos ser #foodie, pues vale: soy #foodie.

Pero sepan ustedes que la pasión por lo gastronómico va más allá. Y que antes de que llegase el boom y el prime time lo ocupasen reputados y novatos chefs, este pequeño mundillo de lo comestible giraba gracias a iniciativas maravillosas como la que nos cuenta Patricio Pron en este artículo de El Pais. “Cocinar por fuera del plato” es la admirable obra de un grupo de refugiados en Alemania que decidió preparar platos de sus países de origen abriendo las puertas de sus casas a todos los autóctonos que deseasen cuidar no solo su estómago si no su mente. “La experiencia trasciende a lo gastronómico: la degustación de otras comidas es de los pocos aspectos en los que las sociedades europeas parecen dispuestas a transigir con sus inmigrantes” El fin es genial, pero el medio es brillante.

Gracias también a quien ha sabido mantener el arte ancestral en la elaboración de vajillas apostando por el equilibrio entre tradición y adaptación al mercado actual, como La Cartuja de Sevilla o Vista Alegre. O a quienes en este complejo contexto económico se lanzan a crear piezas únicas que han de ser consideradas como pequeños tesoros, como Vajillas de Ultramar o Suite On Studio.

Aplaudo también proyectos que ya son realidades como el de Pepe Vieira, que este año se instaló en los bajos de un edificio histórico para acercar la magia de sus platos a bolsillos más ajustados. No dejéis de visitar La Ultramar si os pasáis por Pontevedra.

Magia también es ver como un pueblo entero se vuelca con la problemática fiscal de un restaurante vecino. La mayoría confesaba no haber ido nunca “por moderno y por caro”, pero supieron ver el valor que el equipo de chefs del Culler de Pau aportaba a la zona, atrayendo gente, dando trabajo a productores locales y llevando por el mundo la marca de O Grove.

Hay mucha vida más allá de Master Chef. Borrad todo ese componente de “tontería” que en ocasiones sí invade el mundo gastro, y ya libres de postureo, pasad. Disfrutad. Y que aproveche.

Tesoros gastro