· Posicionamiento de marca

Cuando el hábito no hace al monje… ¿o un poco sí?

por Cultura de Comunicación

Hace unos días leía esta noticia: una mujer joven, guapa, con una profesión “liberal”, creativa y con prestigio social, que además trabaja en una gran compañía, ha decidido no complicarse la vida con el “qué me pongo hoy” y vestir todos los días exactamente igual.

El enfoque de la noticia se orienta a la crítica de una sociedad en las que las apariencias de las personas están por delante de cuestiones más profundas y en el que ser mujer y joven hace que cuidar –mucho- tu aspecto se convierta en una de tus principales obligaciones, personales y profesionales. O sea, un alegato contra el machismo y la superficialidad.

Aunque estas cuestiones son indiscutibles, no acabo de creerme la decisión de la protagonista de la noticia. Estoy segura de que hay mucho más detrás de esta declaración de principios; porque todas las personas queremos tener un espacio propio en nuestro pequeño mundo y una directora de arte no puede ser ajena a esta necesidad, se presupone que la creatividad en todos los aspectos es inherente a su personalidad y forma parte de su vida.

No conozco de nada a esta chica, pero soy mujer, joven (o eso me gusta pensar) y trabajo en el sector de la publicidad. Y no cuela. Hay cosas que no encajan con esta “liberación” y esta declaración de principios de obviar algo superfluo (el estilo) para centrarse en la profesionalidad. Sin ir más lejos, el “uniforme” que ha elegido. Aunque el matiz está en que no lo cambia cada día, el estilo  no tiene nada de casual; ha elegido un look acorde a sus gustos, a lo que hace que se vea favorecida y a la realidad de su día a día (su trabajo, el clima de Nueva York,…)

No es ningún descubrimiento que la ropa dice mucho de nuestra forma de ser, es una de las formas más visuales de decirle al mundo “aquí estoy y soy así. Esta soy yo y soy diferente de cualquier otra persona” o de disfrazarnos para convertirnos en quien queremos ser o creemos que debemos parecer en un determinado momento. Y el hecho de optar- libremente- por un uniforme supone, en mi opinión, exactamente lo mismo. Y es que no es nada nuevo: grandes personalidades, como Bill Gates, Karl LagarfeldMark Zuckerberg quienes destacan por su aportación profesional en sus respectivos campos, visten siempre igual. ¿Casualidad?

A Mark Zuckerberg, famoso por llevar siempre una camiseta gris, se le adjudica la respuesta: “Quiero aligerar mi vida para tener que tomar el menor número de decisiones posible, y así centrarme en cómo ser útil para esta comunidad”. Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿En serio? ¿No hay nada más detrás?  Y claro, no soy la única que tiene dudas, hace pocos días fue objeto de debate en las redes sociales , aunque de nuevo con una perspectiva de género que, aunque creo que es importante, se aleja de lo que para mí es la cuestión de fondo: la diferenciación.

Quizá los primeros en adoptar libremente un vestuario “permanente” (Cocó Chanel ya lo hizo en los años 20 con le petit robe noir) tomaron esta decisión por comodidad, por reducir gastos o de una forma más intencionada. Pero con un mismo resultado: eso les hacía “diferentes”. Como hemos visto, la idea tiene cada vez más seguidores, así que la pregunta razonable es ¿qué ocurriría si el “ir uniformado” se generalizara? La respuesta es evidente -ya no supondría una diferenciación, como ocurre con todas las tendencias que se generalizan hasta convertirse en modas- pero no baladí.

Este ejemplo tan sencillo y cotidiano ha sido mi excusa para dedicar un ratito a reflexionar sobre la diferenciación, la base del posicionamiento, lo que nos separa –para bien o para mal- de la competencia. Si trasladamos esta reflexión a las marcas, la receta para diferenciarse siempre ha llevado, al menos, uno de estos dos ingredientes: o eres el único que haces algo o eres el que mejor lo hace (porque ser el primero no sirve en cuanto otro te supera). Pero la realidad nos dice que esto no siempre es posible, ya que en un sector maduro la innovación tiene un recorrido limitado.

La buena noticia es que  hay una tercera opción: ser el que mejor lo transmite. Nuestra baza está en el “uniforme” que elegimos, en cómo nos presentamos en sociedad para hacernos un hueco en nuestro mundo. Quizá no podamos hacer algo muy diferente, pero sí hacerlo de una forma distinta y trasladar este “cómo” a nuestro target.

Ahora viene la pregunta difícil que les hacemos a todos nuestros clientes: ¿Dónde te ves y dónde te gustaría situarte?

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